¿Te has parado a pensar alguna vez en el poder que puede llegar a tener una tipografía?

Seguro que alguna vez te has encontrado en la tesitura de elegir una tipografía para el título o el cuerpo de texto de un documento en el que estás trabajando y al final acabas escogiendo la primera letra “guay” que encuentras sin pensar en lo que esta pueda expresar, pero la realidad es que una tipografía es capaz de transmitir sensaciones, así pues y teniendo esto en cuenta, la elección de una tipografía va muy de la mano con el contenido con el que estemos trabajando, y por tanto no debería ser una decisión que tomar a la ligera. 

Pondremos cómo ejemplo uno de los más comunes:

Seguro que la ámplia mayoría estaremos de acuerdo en que el segundo “te quiero” es más acertado que el primero, y cala de una mejor manera, ya que la tipo posee un aspecto más delicado y fluido, mientras que la primera expresa más fuerza y agresividad por los trazos gruesos y rectos, aunque no quiere decir que sea un error aplicarla, hay que tener claro el contexto en el que vayamos a utilizar la tipografía, pero no se puede negar que según de lo que estemos hablando, escribiendo, leyendo, etc, las tipografías que se acaben aplicando o hayan sido aplicadas acabarán influyendo en mayor o menor medida en las personas lectoras. La tipografía es un mundo muy ámplio y sería un error pensar que la estética lo es todo dentro de él. Una letra mal aplicada puede hacer que una persona se canse, se aburra y hasta que no vuelva a leer ese documento. Pondremos otro ejemplo:

¿Cuál de las tres tipografías escogerias para seguir leyendo? Nosotros sin duda alguna la de la derecha, hay que tener en cuanta que mantener un lectura puede suponer un esfuerzo, imaginemos ahora que tenemos que leer Don Quijote de la Mancha al completo con una de las otras dos tipografías, nosotros desde luego no lo haríamos.